Vivimos inmerses en un calendario que solemos dar por sentado, como si el tiempo fuera una verdad universal. Pero el tiempo que habitamos (las fechas, las fiestas, los ritmos) es una construcción cultural. En Latinoamérica, gran parte de esa construcción nos llega desde el Norte, desde los territorios que nos colonizaron.

No solo se colonizaron tierras y cuerpos: también se colonizó el tiempo.
El calendario gregoriano, las festividades cristianas y los sentidos que les atribuimos responden a otra geografía, a otros climas, a otras estaciones.

Un ejemplo claro es la Navidad: nieve, abrigo, comidas calientes, introspección, silencio, cierre de ciclos. Imágenes y conceptos profundamente ligados al invierno del hemisferio norte.

Pero en gran parte de nuestra Latinoamérica, diciembre es calor, sol alto, cuerpos transpirados, frutas maduras, noches largas, encuentros. Y sin embargo seguimos intentando vivir esta época como si estuviéramos en invierno.

Ahí aparece una grieta: el discurso cultural dice una cosa pero la tierra y nuestros cuerpos dicen otra.

Nuestros cuerpos responden al clima, a la luz, a la temperatura. No son ajenos a la estación. Sin embargo, muchas veces los forzamos a habitar un ritmo que no se corresponde con lo que está pasando afuera.

Se nos invita a la introspección cuando el cuerpo pide expansión.
Al balance silencioso cuando todo florece.
Al recogimiento cuando la energía está hacia afuera.

Esta desconexión no es menor: genera cansancio, culpa, sensación de ir a contramano. Escuchar al cuerpo y al entorno es un acto profundamente político.

En el hemisferio sur, Diciembre nos encuentra en el solsticio de verano: el momento de mayor luz del año. No es cierre, es apogeo. No es pausa, es plenitud.

En muchas cosmovisiones originarias del Abya Yala, el verano es tiempo de abundancia, fiesta, intercambio, comunidad y vida hacia afuera.

Tal vez este no sea un momento para el silencio, sino para agradecer lo vivo, lo compartido, lo que creció.

Creo que podríamos observar al Inti Raymi para recordar algo fundamental: el tiempo no es igual en todos lados. Mientras en el norte celebran el inicio del verano, acá comienza el invierno. No hay una experiencia universal, hay tiempos situados.

El problema aparece cuando uno de esos tiempos se impone como norma global, borrando los otros. Descolonizar el tiempo es corrernos de esa idea de centro y volver a mirar dónde estamos parades.

Los solsticios y equinoccios no son solo eventos astronómicos: son puntos de orientación. Nos invitan a observar qué está pasando en la tierra, en las plantas, en nosotres.

Mirar el cielo, la duración del día, el calor, la humedad, es una forma de volver a sincronizarnos con el territorio que habitamos.

En verano, las plantas están en su máximo esplendor: flores, frutos, semillas. La energía está arriba, visible, expansiva. La medicina vegetal acompaña ese movimiento.

Así como no cosechamos raíces en cualquier momento del año, tampoco deberíamos exigirnos lo mismo todo el tiempo. Los cuerpos humanos también son cíclicos.

Descolonizar el tiempo no es sólo cambiar una fecha en el calendario. Es preguntarnos ¿qué ritmos sostenemos? ¿qué celebraciones repetimos sin cuestionar? ¿qué pasaría si diseñáramos rituales, descansos y encuentros acordes a nuestro clima y estación?

Es una práctica cotidiana. 

Tal vez descolonizar el tiempo sea empezar a vivir en un calendario que nos nombre.
Honrar el sol que nos toca, la estación que atravesamos, el pulso de esta tierra.

No para negar otras culturas, sino para habitar plenamente la nuestra.

Te invito a reflexionar juntes:
¿Cómo se siente esta época del año en tu cuerpo?
¿Qué te pide el verano donde vivís?
¿Qué cambiaría si empezáramos a celebrar desde ahí?

Porque volver al tiempo del territorio también es una forma de volver a casa.