El fuego vuelve.
Vuelve todos los veranos, vuelve con más fuerza, vuelve sobre los mismos territorios. No es un evento aislado ni un accidente excepcional. La insistencia del fuego en la Patagonia es una señal, una repetición que habla de un territorio debilitado y de decisiones que se sostienen en el tiempo.
Nombrar estos incendios solo como catástrofes naturales es una forma de ocultar sus causas profundas. El fuego insiste porque encuentra condiciones para hacerlo: suelos secos, montes degradados, flora nativa desplazada y un modelo económico y político que habilita y promueve el arrasamiento de nuestra Tierra.
La pérdida de la flora nativa no es casual. Es el resultado de un territorio forzado a producir, a venderse y a ordenarse según intereses políticos y economicos.
El fuego es consecuencia de decisiones económicas, políticas y territoriales que se vienen tomando desde hace décadas, y que hoy se profundizan.
La pérdida de la flora nativa no es casual. Es el resultado de un modelo que ve la tierra como recurso, no como hogar.
La flora nativa no es solo vegetación: es defensa del territorio
Los bosques y montes patagónicos están formados por especies que crecieron en diálogo con el viento, el frío y la escasez de agua. El coihue, la lenga, el ñire, el maitén, el ciprés de la cordillera, el radal, el calafate y los pastizales nativos no solo conforman el paisaje: regulan la humedad, sostienen el suelo y limitan la propagación del fuego.
Sus raíces profundas y diversas mantienen la tierra viva. Retienen agua, evitan la erosión y permiten que el ecosistema respire incluso en períodos de sequía. Un territorio con flora nativa viva arde menos y se recupera mejor.
Cuando estas especies son desmontadas, quemadas o reemplazadas por pinos, eucaliptos u otras plantas exóticas de crecimiento rápido, el suelo se empobrece, se seca y se vuelve inflamable. El fuego deja de ser un evento aislado y pasa a ser una amenaza constante.
En la Patagonia, los incendios no pueden pensarse por fuera de los intereses económicos. La quema de bosques de lenga, coihue o ciprés abre paso a la especulación inmobiliaria, a loteos y al avance de capitales privados. Donde hubo monte nativo, luego aparece el negocio.
El fuego también desplaza a comunidades originarias, a pobladores rurales, a familias que conviven con el territorio desde generaciones. Un territorio incendiado es un territorio más fácil de vaciar, de vender y de reconfigurar según intereses ajenos a la vida local.
Hoy, este escenario se agrava. Las políticas actuales apuntan a desregular, privatizar y mercantilizar la tierra, debilitando las leyes de protección ambiental y habilitando el avance sobre territorios que aún conservan flora nativa. El bosque nativo estorba a este modelo, porque no responde a la lógica del rendimiento inmediato.
Cuidar el monte, los bosques de lenga y coihue, los arbustos de calafate, michay y maitén, se vuelve entonces un acto político. No partidario, sino profundamente territorial.
Restaurar la flora nativa es resistir al fuego.
No alcanza con apagar incendios. Es necesario restaurar ecosistemas completos, respetar las especies propias de cada zona, proteger semillas nativas y comprender que la regeneración es lenta. Plantar pinos donde hubo ñires o coihues no es reforestar es profundizar el problema.
La flora nativa no solo sostiene la vida, sostiene la soberanía del territorio.
Las plantas guardan memoria. El coihue recuerda el agua. La lenga, el frío. El calafate, la resiliencia. Cada especie nativa lleva el pulso del territorio y enseña cómo habitarlo sin destruirlo.
Defender la flora nativa de la Patagonia es defender el suelo, el agua, las comunidades y el futuro, nuestro futuro.
Es decir que no todo está en venta y que la tierra no se arrasa se cuida.
Carolina
