Existen muchos tipos de Passifloras, con flores de diversos colores.
Acá, en Buenos Aires, más precisamente en Hurlingham, podemos encontrar como planta nativa la Passiflora caerulea.
Es una enredadera o trepadora perenne, es decir, que vive varios años. Sus flores son blancas por fuera y presentan una forma llamativa y exótica, con delicados matices en tonos violeta, verde, amarillo y púrpura. ¡Es realmente hermosa!
Las flores se abren sólo durante el día y duran uno o dos días. En guaraní se la conoce como mburucuyá.
De climas templados, puede alcanzar hasta cinco metros de altura. Su floración comienza en primavera y se extiende hasta comienzos del otoño. Luego, la parte aérea de la planta suele secarse con el frío, pero su tallo principal y sus raíces permanecen resguardados bajo tierra para rebrotar, florecer y dar frutos nuevamente en primavera.
En la medicina herbal, el mburucuyá se utiliza desde tiempos ancestrales, principalmente por sus propiedades sedantes, útiles para aliviar el insomnio y la ansiedad.
Esta medicina se encuentra en sus flores, las cuales son difíciles de conseguir en herboristerías y otros locales comerciales, por lo que lo ideal es cosecharlas cuidadosamente para aprovechar toda su energía y poder curativo. Las hojas se utilizan tradicionalmente como antiparasitarias. Las raíces, para tratar afecciones pulmonares como la pulmonía. Los frutos, como diuréticos y tónicos digestivos.
Sus frutos, además, poseen un gran valor nutricional y medicinal:
- Digestivos: la pulpa ayuda a mejorar la digestión y aliviar molestias estomacales.
- Antioxidantes: gracias a su contenido en polifenoles y vitamina C.
- Cardioprotectores: contribuyen a regular la presión arterial y el colesterol.
Exite una Leyenda Guaraní del Mburucuyá:
Según la tradición, Mburukujá (no su nombre cristiano, sino el apodo que le dio su amado guaraní) era una joven española que había llegado con su padre, un capitán, a tierras guaraníes. Allí se enamoró en secreto de un cacique.
Su padre, al descubrir el amor prohibido, la encerró en su habitación, prometida a otro hombre.
Cada noche, el cacique se acercaba a la casa y tocaba tristes melodías con su flauta de caña. Pero una madrugada, la música dejó de oírse. Mburukujá, presa de la angustia, palideció y se consumió en silencio.
Una tarde, al caer el sol, se le apareció una anciana india: era la madre del cacique, quien le reveló que su amado había sido asesinado por su padre.
Desolada, la joven la siguió hasta el bosque, donde los restos del guerrero descansaban en una tumba aérea, según la costumbre guaraní.
Loca de dolor, cavó una fosa, depositó allí el cuerpo del hombre que había muerto por su amor y, con una flecha que él mismo le había regalado, atravesó su corazón.
Tiempo después, la anciana fue testigo de cómo, de aquella tumba, brotó una planta nunca vista: de hojas verdes, flores encarnadas y azules, frutos anaranjados y corazón rojo.
Así nació el mburucuyá, símbolo del sacrificio y del amor puro e inolvidable.
Más tarde, los misioneros jesuitas reinterpretaron esta flor como la “flor de la pasión de Cristo”, viendo en sus formas los símbolos de la crucifixión: los clavos, la corona de espinas y los instrumentos del martirio.
En ambas versiones de la historia del mburucuyá se pueden reconocer sesgos de misoginia y colonialismo.
Por un lado, aparece la opresión de las mujeres sometidas a la voluntad masculina, en este caso, la del padre, quien se cree dueño de la vida de su hija y decide por ella sin dejarle opción. Mburucuyá encarna, entonces, la rebeldía y la libertad de quien, ante la injusticia, toma el único poder que le queda: decidir sobre su propio destino, incluso sobre su vida.
Por otro lado, la leyenda también refleja el encuentro entre culturas como un proceso de violencia y borramiento. El rechazo al mestizaje y al amor con el indígena por parte del padre simboliza el racismo y la negación de lo diverso. Más tarde, el intento de los jesuitas por “blanquear y cristianizar” la historia, asociando la flor con la pasión de Cristo y relegando su origen guaraní, repite esa misma lógica colonial de apropiación y silenciamiento de las culturas locales.
Aun así, tanto en la versión ancestral como en la reinterpretación cristiana, la flor del mburucuyá sigue representando la rebeldía, la resistencia y la libertad de los oprimidos.
En el presente, reconocer y valorar nuestras plantas nativas también es un acto de resistencia. Cuidarlas, cultivarlas y devolverles su lugar en nuestras vidas implica cambiar el paradigma de la explotación por uno de reciprocidad con la tierra y con el entorno que compartimos.
Porque además de ser medicina y alimento real, estas plantas son memoria viva de los pueblos que las nombraron y cuidaron mucho antes de que existieran las fronteras y las industrias.
Carolina.
